
El sonido mecánico de un elegante reloj de pie labrado en caoba era lo único que rompía el profundo silencio de la sala común de la Capilla Tremere. El suave humo de las velas y el incienso convertía la atmósfera de la habitación en un ambiente denso, levemente en penumbras, con una araña de focos rojizos como única fuente de luz eléctrica. Las paredes estaban recubiertas de estanterías con libros y esculturas barrocas. Puertas dobles separaban la sala del corredor principal de la Capilla, el cual llevaba a la entrada, en uno de los intrincados recovecos del Cementerio de la Recoleta.
La habitación se comunicaba con el resto de la arquitectura mediante dos arcadas sobre los laterales, y la pared opuesta a la entrada estaba recubierta por un enorme tapiz con un diseño de la Pirámide Tremere. Delante del tapiz, un escritorio con su correspondiente silla, era el espacio de descanso de varias carpetas y libros de reportes. Dos criados mortales vestidos con túnicas rojas reponían el incienso de los quemadores y reemplazaban las velas que estaban por consumirse.
Los sillones y divanes tapizados de terciopelo carmesí, se repartían simétricamente por el espacio, pero estaban vacíos, a excepción de una silla junto a la mesa de lectura en el centro de la habitación, donde el neonato Elías Zarovski releía un tomo de artesanías históricas, con marcado criticismo.
Unos suaves pasos de zapatos con taco lo quitaron de su concentración, Dominique entró por una de las arcadas y caminó hacia el escritorio con una laptop bajo el brazo.
– Mariscal – saludó el neonato sin levantar la vista de su lectura.
– Buenas noches Elías – fue la educada respuesta – ¿Algo que reportar? -.
– Sus chiquillos salieron pocos minutos después del ocaso Mariscal, no hemos recibido a ningún emisario por el momento -.
– Bien, por fin voy a poder pasar una noche poniendo algo de orden en los documentos del señor Delvavsky sin preocuparme por la reputación del clan -.
– ¿Hay algo nuevo que atente con nuestra reputación últimamente? – inquirió el joyero cerrando el tomo de artesanías, la conversación ya había progresado lo suficiente como para sacarlo de su concentración.
– Hay un asunto…- masculló Dominique mientras hojeaba un libro de cuentas y encendía la computadora – Pero no voy a tener problemas en volver el caudal a su curso, que no te quite el sueño -.
– Sin embargo es algo de lo que se está encargando activamente por lo que puedo ver -.
– Con cuidado Elías… -.
El vampiro levantó levemente las manos en señal de rendición pero con una sonrisa arrogante.
– Mis disculpas mariscal, si hay algo en lo que pueda ser de utilidad hágamelo saber –
– Encontraron presencias anormales en el acondicionamiento de mi nuevo refugio. Todo indica que podría haber sido algún proyecto antiguo del clan. Pero no se si en el Elíseo lo han tenido en cuenta, y no quiero tener que darles explicaciones a esos arrogantes de.. -.
Un estruendo metálico interrumpió la conversación, como un trueno de fuerza y acero.
Ambos Tremere y los dos criados se voltearon hacia la puerta de la sala, desde donde provino el abrupto sonido. Las puertas de madera de la sala común parecían intactas. Pero al otro lado, atravesando un pequeño recibidor, estaba la puerta exterior que daba al cementerio, una robusta placa de metal negro.
– ¿Eso fue la puerta exterior? – preguntó Elías.
Otro vampiro llegó corriendo desde las arcadas laterales envuelto en una elegante bata de descanso, Demian, que alcanzó a la mariscal mientras ella se ponía de pie.
– Cuidado neonatos – exclamó Dominique rodeando el escritorio y aproximándose al centro de la habitación con determinación y cautela.
Otro estruendo rompió el tenso ambiente, pero esta vez la causa ingresó en la habitación. Las puertas de madera se abrieron hacia adentro de golpe producto de una patada, casi soltándose de las bisagras y golpeándose contra la pared en el proceso.
Un corpulento vástago, ataviado con ropa de cuero negra y guantes de cazador, se abrió paso dentro de la sala. En un abrir y cerrar de ojos se apareció delante de uno de los dos mortales en túnica y tomándolo del cuello lo aplastó contra su compañero, dejando un amasijo de tela, cuerpos y sangre.
Los Tremere retrocedieron buscando cobertura mientras dos figuras más ingresaban por la puerta.
Un hombre con sobretodo negro y pistolas duales disparó dos tiros precisos, uno a cada rodilla de Elías, que cayó de lado sobre uno de los divanes apretando la mandíbula. Una mujer ataviada con un enterizo negro flexible y con una katana colgada en su espalda saltó agilmente desde afuera, extendió su mano hacia Demian y el cuerpo del Tremere se desplomó como una marioneta a la que le habían cortado los hilos. La vampiresa cerró su puño y el cuerpo de Demian se incorporó hasta ponerse de rodillas, pero a juzgar por su imposibilidad de hablar y su mirada de terror, no tenía control sobre sus propios movimientos.
– ¡Sabrina! – gritó Dominique cargada de ira – ¡Basta ahora mismo, soy tu sire y no vas a volverte en nuestra contra! -.
– Para eso estoy yo, mariscal… – exclamó Eva Thomson mientras ingresaba a la sala empuñando una escopeta recortada – Su chiquilla está haciendo un excelente trabajo -.
– Sheriff… – sonrió Dominique forzadamente mientras levantaba las manos con las palmas hacia ella y los codos flexionados, intentando marcar distancia – ¿Qué significa esto? -.
– Hemos recibido inquietantes noticias que la vinculan con un rito ilegal – explicó la Sheriff para luego hacer un gesto con la cabeza.
Sus tres adeptos se formaron tras ella y Demian se desplomó con temblores cuando el hechizo de Sabrina se detuvo.
– Ortiz, Rosas, pongan a Madame Petrova bajo arresto por conspiración – ordenó Eva mientras bajaba la escopeta – Será llevada a la Torre Ventrue para responder por las acusaciones de crear una gárgola de manera ilegítima bajo la Catedral Metropolitana de Buenos Aires -.
El Ventrue y el Brujah dieron pasos adelante mientras la dama Tremere forzaba sus pensamientos a toda capacidad para buscar una salida de la situación.
– Eso no será necesario Eva – dijo una voz nueva en la habitación seguida del sonido de unos zapatos.
Jacobo Delvavky, el primogénito Tremere, caminó con calma desde uno de los corredores hasta llegar junto a su mariscal, llevaba un traje formal y ejecutivo de color negro sobre una camisa blanca. Se quitó sus lentes de cristal color escarlata y miró directamente a los ojos de los dos vampiros que buscaban detener a Dominique.
– Que los perros vuelvan con su ama – les ordenó haciendo eco con su voz cuidadosamente proyectada.
Ortiz y Rosas retrocedieron lentamente de espaldas hasta llegar junto a la Sheriff y Sabrina nuevamente.
– Señor Delvavsky, debe comprender que… – comenzó a reclamar Eva.
– Eva, usted es de las pocas personas en la ciudad que puede llamarme Jacobo, le sugiero que aproveche ese privilegio -.
El primogénito echó una mirada a la puerta rota y a sus miembros del clan heridos, pero no pareció darle mayor importancia.
– Elías – dijo mirando al vampiro que se arrastraba sobre el diván – Cuando pueda volver a estar de pie que alguien se encargue de arreglar esto por favor, y que traigan nuevos criados -.
– Entendido… señor Delvavsky – respondió Elías con dificultad.
– Jacobo, su mariscal está acusada de conspirar contra La Camarilla, un juicio es lo que corresponde – demandó la Sheriff.
– ¿Héctor lo sabe? – inquirió Delvavsky.
– Por supuesto, cumplo las órdenes de su Majestad -.
– Entonces dígale al Príncipe que voy a encargarme personalmente de averiguar qué ocurrió, es deber del sire educar o castigar a su progenie. No creo que sea una molestia, sobre todo si prometo hacer la vista gorda a las consecuencias que su allanamiento dejó en mi puerta y mi alfombra -.
La Sheriff enarcó una ceja, pensativa. Respondió al cabo de unos segundos.
– Una noche Jacobo, esperamos tu reporte en una noche -.
– Basta y sobra querida Eva, ahora si me permiten acompañarlos a la salida… -.
– Muchas gracias pero la conocemos. Retírense – ordenó la Sheriff mientras se daba media vuelta y caminaba fuera acompañada por su séquito.
– Buen trabajo Natchios – susurró Delvavsky mientras se retiraban.
El ambiente se relajó un poco. Demian, algo mas lúcido, ayudó a Elías a incorporarse y lo retiró de la sala común hacia el interior de la Capilla.
– Mocosa desagradecida, Zack es un excelente ejemplo de progenie pero esa criatura con los humos subidos a la cabeza… – comenzó a decir Dominique antes de ser interrumpida por Jacobo.
– Puse a Sabrina en un puesto importante que hace que nuestro clan sea uno de los pocos en la Ciudad de Buenos Aires cuyo nombre infunde aún algo de respeto. Así que no vamos a martirizarla por hacer bien su trabajo esta noche. En cuanto a su nuevo refugio mariscal… -.
– Nunca supe de la gárgola incompleta bajo la Catedral Metropolitana, envié a unos neonatos a destruir el ritual. No pensé que saldrían con vida y mucho menos pensé que los Ventrue se iban a enterar -.
– “Nunca supe”, “no pensé”, “mucho menos pensé” ¿Acaso se está escuchando Dominique? -.
La mariscal apretó los dientes humillada por su sire.
– Antes de dar un simple paso en esta ciudad hay que estudiar todas las consecuencias, es por eso que paso noches encerrado antes de tomar una decisión. Porque yo si “supe” y yo si “pensé”, sobre todo antes de actuar, mariscal -.
– Si compartiera algo de información en vez de guardársela, la cosas serían más fáciles para todos los miembros de esta Capilla. No me sermonee viejo ermitaño, si no fuera por mí, todavía estarían viendo a este agujero con asco desde la torre Ventrue -.
La garganta de Dominique se cerró. Una fuerza invisible la levantó del suelo unos cuantos centímetros mientras le impedía hablar.
– Soy tu sire Dominique – dijo Jacobo con calma y sin quitar la mirada de los ojos de la vampiresa – Tus errores son los míos y yo ya no soy tan estúpido como para cometer dichos errores -.
La mariscal, aún en el aire, hizo un gesto con la mano causando que los oídos y nariz de su sire comenzaran a derramar sangre burbujeante. Jacobo se llevó una mano a la nariz y el sangrado se detuvo al tiempo que Dominique volvía a caer de pie y tosía para recuperar el aliento antes de hablar.
– Si ya no comete esos errores, asegúrese de no cometer nuevos -.
