
El timbre sonó. Un toque distintivo, casi como una contraseña en morse que se formaba con
el zumbido. Aquel era el indicador de que la limusina ya estaba estacionada y lista para salir.
Solange tomó las últimas pertenencias que necesitaba antes de irse. Celular, llaves, una
cartera de mano bastante grande y un sacón grande que hacía juego con su vestimenta.
Era la primera vez que usaba ese vestido. Había llegado por correo la noche anterior.
Predominaba su color característico: rojo. Tenía un corte ajustado en la parte superior, mangas
cortas con volados y la espalda descubierta. En la parte inferior, tenía una falda amplia, dividida en
varios paneles, ideal para poder dar giros y pasos rápidos como a ella le gustaba. Completaban el
atuendo unos zapatos de taco alto rojos brillantes muy delicados. Antes de salir, se había mirado
en el espejo, que también había sido un regalo. Era grande, ocupaba casi todo el alto de la pared
y estaba adornado con un marco de madera oscura con un estilo gótico muy particular. Lo
decoraban varias gemas rojas que también funcionaban como luces para poder iluminar a la
persona que se reflejara en él. Se puso frente a él, posó como lo solía hacer y dio un giro para
asegurarse de lo que ya sabía: las medidas del vestido eran perfectas y específicamente diseñadas
para ella.
Al salir por la puerta del edificio, encontró a la usual limusina blanca que ya conocía y a un
valet que la esperaba para abrirle la puerta. En el pasado, había intentado saludarlo o entablar algún
tipo de charla, pero no había obtenido respuesta, así que había desistido de ello. Subió como era
usual; la parte trasera era amplia, con muchísimas comodidades y vidrios polarizados que permitían
ver hacia afuera.
La puerta se cerró, y el móvil comenzó su marcha momentos después. Si algo tenía que
destacar era que el chofer, además de ser sepulcralmente silencioso, era un excelente conductor.
Podría servirse una copa de cualquier bebida que hubiera allí y no derramaría ni una sola gota. Ya
sabía la rutina de memoria; era la usual, aunque había pasado tiempo desde la última vez que había
tenido que realizarla. Si bien era consciente de que la situación actual en la que se encontraban era
algo tumultuosa, no esperaba que repercutiese tanto en aquellos eventos de ocio.
A medida que se sacaba los zapatos para poder recostarse en el largo asiento, comenzó a
escuchar una melodia en los parlantes del vehículo. La rutina era la siguiente: tocarían el timbre con
una contraseña específica, vestiría lo que fuera específicamente preparado para ella, se subiría a
la limusina blanca, escucharía la canción que acompañaría su presentación aquella noche, llevaría
acabo dicha presentación, socializaría unos momentos, y luego la llevarían de vuelta a su casa. Así
de simple. Era algo sencillo, le permitía hacer lo que más le gustaba y también pagar las cuentas
que cada tanto se comenzaban a apilar.
Sin embargo, algo interrumpió los pensamientos de Solange luego de escuchar unos pocos
acordes. Aquella canción, aquella canción en particular, ese ritmo, esos instrumentos. Los conocía
a la perfección. No era la primera vez que los escuchaba, diablos, si los conocía de memoria; cada
compás, cada cambio de ritmo, cada nota. Era la primera vez que la escuchaba en la limusina, pero
la canción era casi una parte de ella misma.
La melodía se transformó en recuerdos, como si la envolvieran y abrazaran al recordarle sus
primeras incursiones en la danza. Varios años antes, había llegado a la ciudad de La Plata, para
poder estudiar en un reconocido salón de danza y hacer lo que más le gustaba. Tenía un talento
nato para ello, sus movimientos eran ágiles, rápidos, sinuosos, armónicos. Pero también eran un
caos. Tenía talento, sí, pero le faltaba disciplina, y mejoró muchísimo conforme fue avanzando en
su práctica y estudios. Su despertar como maga se había dado poco tiempo antes. Había sentido
cómo la música tomaba forma alrededor de ella, cómo las notas se convertían en fuego que
danzaba de un lado al otro de una forma hipnótica que hacía que no pudiera dejar de ver. Cómo
cada melodía presentaba un ritmo diferente, un movimiento diferente, una energía diferente. Casi
como si pudiera saborear cada uno de los compases y todo armase una explosión de sensaciones
que podrían enloquecer a la persona más cuerda.
—¡Aah! ¡Estúpida época de finales! Si no fueran los últimos que me quedan antes de
recibirme, tiraría todo por la ventana ya.
En un bar donde usualmente iban cuando tenían tiempo (y coincidían) estaba ella sentada
junto a otra persona, una chica que había conocido años antes, poco después de llegar a la ciudad.
Era alegre, curiosa, y tenía un distintivo pelo color verde. Solange y Eugenia ya tenían tiempo de
conocerse; se habían mudado a la ciudad casi al mismo tiempo por el mismo motivo: estudios.
Solange quería estudiar danza, mientras que Eugenia quería estudiar medicina.
—¿Vos no estás por terminar tu examen final, tesis, lo que sea que sea eso?
—Si… casi. Solo que aun no me decido en que música usar para crear la coreografía
—Hay muchos temas lindos, que te dejarían hacer muchísimas cosas para impresionar a los
profesores, —respondió mientras sacaba su celular para mostrarle algunas melodías.
—Es que quiero encontrar algo, no sé… especial. Algo que sienta que se amolde a lo que me
gusta hacer y que fluya natural con mi esencia… es complicado, ya lo sé.
—Vos siempre buscando eso que sea perfecto para el momento justo y exacto y para vos. Es
una carrera artística la que seguiste. No siempre vas a encontrar las respuestas en otro lado, tal
vez vos tengas que hacer tu propia música para que siga tus movimientos y no seguir los de la
música de alguien más.
Esa última frase había sido más que esclarecedora. Solange abrió los ojos enormemente y,
con una sonrisa de oreja a oreja, cayó sobre la mesa y dijo:
—Acabás de darme una idea fantástica, vos y tu cabeza verde siempre tienen muy buenas
ideas, aunque no siempre las quieras tener.
Eugenia, con una expresión de que aún no entendía bien lo que estaba pasando, respondió:
—¿Eh? No sé qué idea, pero de nada. No sería la primera vez que soluciono alguno de tus
problemas.
Solange corrió de vuelta a su departamento, se quitó los zapatos y colocó su computadora en
una repisa cerca de la sala que usaba para practicar sus pasos. Revisó su correo, y ahí estaba, el
mail que quería ver y que contenía lo que le había solicitado a Eugenia antes de despedirse. “Te
adjunto un programa que deberías poder utilizar con tu equipo de sonido, el micrófono debería
poder captar las frecuencias electromagnéticas y convertirlas en una especie de melodía. Cualquier
problema avisame. Saludos, Inc”.
Luego de hacer aún más espacio moviendo otros muebles de la habitación y activar el
programa, tomó un fuerte respiro y comenzó a moverse. De un lado al otro, moviéndose por instinto
puro, dejando que su cuerpo decida para donde ir y como moverse, los pies dibujaban formas en
el piso que parecían escribir algo como si fuera un poema. Su respiración era agitada, podía sentir
cómo el cuerpo intentaba sudar para enfriarse pero esas gotas se evaporaban por la temperatura
sobrenatural de su cuerpo. Sin darse cuenta, estaba envuelta en llamas. Sus extremidades se
extendían y movían al ritmo de un fuego hermoso que se movía de un lado a otro de la misma
manera hipnótica que una vez había experimentado.
Al finalizar, cayó rendida al piso. De repente, todo el sudor volvió, pero esta vez le empapó el
cuerpo por completo. Cuando pudo ver a su alrededor, notó que el piso de madera había quedado
chamuscado por suspasos, y también que la ropa que tenía se había consumido por el fuego. Sintió
un poco de vergüenza al respecto y agradeció haber hecho aquello sola en su hogar.
La computadora devolvió una melodía, una canción que podría enmarcarse dentro del género
del flamenco, aunque no tan marcado. Era su ritmo, su melodía, lo que su cuerpo y su magia habían
creado solo por y para ella.
Aquella misma melodía era lo que sonaba en los parlantes del vehículo. Solange no entendía
cómo había llegado ahí, pero ahí estaba sonando. Cerró los ojos y disfrutó de su canción. No hacía
falta que pensara en una coreografía, ella ya la sabía, estaba en su sangre, en sus huesos, en su
magia.
El sonido del intercomunicador del portón de entrada la trajo de vuelta al mundo terrenal.
Había llegado a su destino. Una mansión grande, con varios guardias de seguridad en el perímetro,
un rosedal hermoso en el jardín y una iluminación tenue, pero hermosa.
Antes de salir, tomó de su cartera dos juegos de pulseras, doradas y redondas, que se colocó
en cada muñeca. Una poseía una pequeña piedra verde, y la otra una pequeña piedra azul. Se
colocó los zapatos nuevamente y subió unos antiguos escalones de mármol que daban paso a la
puerta principal y, a su vez, a una enorme recepción.
Solange respiro profundamente una vez más, tal vez un poco nerviosa por la pieza que le
tocaría bailar.
—Buenas noches Señorita Rivas, Madmoiselle LeBlanc la recibirá en unos momentos
