
La intensa lluvia que azotaba la noche platense parecía no cesar jamás. El sonido
de las hojas que danzaban por el viento fuerte y los pocos automóviles que quedaban
circulando frente a la catedral hacían que fuera muy difícil percibir con el oído aquello que
no alcanzara la vista, ya obstruida.
Ni siquiera el diluvio detendría la guardia que Silver, el Guardián de la ciudad, el
Cóndor de Plata, realizaba todas las noches. Su poncho, varias veces más pesado debido
a estar empapado por la lluvia, podía aminorar el ritmo de su marcha, pero nunca
detenerla. Claro estaba, todos aquellos que no fueran de origen sobrenatural solo verían a
una persona de traje caminando bajo la lluvia, nada anormal para el horario, y menos con
lo grande que era la ciudad de los magos.
Silver era muy precavido con las lluvias. Ya de por sí, no eran de su agrado:
limitaban el alcance de sus sentidos, dificultaban sus capacidades de combate, y habían
sido causa de uno de los grandes desastres que la ciudad había visto algunos años atrás.
Por supuesto, aquella lluvia no había sido natural, y él mismo se había encargado de
solucionar el problema.
Durante sus recorridos, siempre aprovechaba para dispersarse, poner un poco la
mente en blanco. Si bien estaba atento a todo a su alrededor, eran los únicos ratos del día
donde no sentía el peso de la responsabilidad de las tareas que le eran asignadas.
Magnus podía ser un jefe muy exigente, pero confiaba plenamente en que todo lo que él
le requería era lo justo y necesario para mantener el orden y el balance de la sociedad
mágica. Por otro lado, durante los últimos años, los magos habían estado regresando a la
ciudad y, en conjunto con los nuevos despiertos, estaban en un nuevo auge. Incluso
magos prominentes, como la Cábala de la Luz, podrían volverse pilares importantes que
ayudarían a que él tuviera menos responsabilidades.
La Cábala de la Luz… Silver recordó la primera vez que los había visto. Era una
noche fría. Silver había estado recorriendo casi toda la ciudad, usando casi toda su magia
para encontrar a su hermano. Lucas había estado desaparecido durante unos cuantos
días, y temía lo peor. Sin embargo, esos tres jóvenes magos lo habían encontrado y
traído de vuelta. Se veían entusiastas, curiosos, con un semblante que inspiraba como no
lo hacían otros magos. ¿Quién hubiera dicho que, con el tiempo, se volverían no solo
muchísimo más poderosos, sino también reconocidos y admirados por sus pares?
Y Lucas… “Litas”, en realidad. Silver prefería llamarlo por su nombre de
nacimiento, aunque Litas había decidido que lo llamasen “Lucas” para evitar llamar la
atención. Varios recuerdos de la infancia inundaron los pensamientos de Silver. Como si
cada gota de la misma lluvia que lo empapaba trajera pequeños fragmentos de su
pasado. Recordaba cómo jugaban de chicos a las orillas del río, cómo los espíritus los
cuidaban ante diversos peligros que enfrentaban, y cómo eran regañados por su padre, el
cacique…
Su padre… Silver siempre se incomodaba cuando pensaba en él. No lo recordaba
con gran aprecio, pero entendía que su posición no le permitiría ser un padre común.
Quizá lo que más le incomodaba era cómo su padre dejaba de lado a Litas para
concentrarse en él. Lo hacía sentir incapaz, avergonzado. Litas era el verdadero hijo del
cacique. Había nacido con dos espíritus guardianes, el Búho y la Mulita, y ese
acontecimiento había sido motivo de celebración en su tribu durante días. Sería el cuarto
descendiente directo en convertirse en cacique.
Sin embargo, el destino, el universo, o vaya a saber qué otra fuerza sobrenatural
caprichosa, había influido en el nacimiento de Silver. Los magos Charrúas tenían una
gran conexión con los espíritus; todos los despiertos tenían a un espíritu guardián que los
acompañaba durante su vida. Algunos pocos tenían dos; ellos eran elegidos por sus
pares para ser los líderes de las tribus, ya que los espíritus los reconocían como seres de
gran potencial. Existían historias de un cacique que incluso había tenido tres espíritus
guardianes durante los momentos más difíciles de su historia. Por ello, aquella noche
estrellada, cuando la energía se arremolinó dentro de la tienda y, al primer llanto del
recién nacido, aparecieron junto a él una Yarará, un Toro, una Tortuga, un Aguarachay y
un Cóndor, toda la aldea se estremeció en un silencio incrédulo. Durante varios minutos,
solo se escuchó el crujir de las maderas ardiendo que iluminaban el resto de las tiendas.
Auron, el Cacique, se acercó lentamente hasta la madre con el recién nacido. Sabía que
el padre del niño había fallecido meses antes, durante un día de pesca río adentro. Lo
tomó en sus brazos y sintió algo que hizo que una sola lágrima recorriera su mejilla. Toda
la aldea estalló en júbilo.
Con el correr de los años, Silver y Litas crecieron como hermanos. Se apoyaban el
uno al otro, tenían confianza plena, imaginaban qué proezas increíbles harían cuando
fueran mayores y la prosperidad que traerían.
Un auto cruzó un semáforo en rojo, pasó por un charco y lo mojó más de lo que ya
estaba. La caminata, sin pensarlo, lo había llevado hasta la antigua casa de Litas. Aún
estaba deshabitada, y parecía que no habían hecho ningún esfuerzo en repararla. Había
sido cuestión de suerte que nadie estuviera presente cuando cayó el relámpago. Magnus
le había prohibido investigar el acontecimiento, bajo el argumento de que su juicio se
vería nublado por la persona involucrada. Aquello le había molestado, pero Magnus tenía
razón: no iba a actuar con la misma cautela y frialdad que lo caracterizaba.
—¡Silver!
El llamado interrumpió nuevamente sus pensamientos. Al voltear, una camioneta,
un patrullero, estaba frente a él. Las luces intermitentes azules del techo lo forzaron a
entrecerrar los ojos. Recién luego de unos segundos, pudo enfocar y divisar a quien lo
había llamado. Facundo estaba al volante del vehículo, parecía estar de servicio y
casualmente también haciendo una ronda.
—Séque es difícil, pero con toda esta lluvia, si no te resguardás, te vas a resfriar, y
seguramente Solange o Eugenia o yo vamos a tener que ir a cubrirte.
—Entonces, ¿que te preocupes es más bien preocuparte por que Magnus no los
moleste a ustedes? —respondió el Charrúa.
—Si lo ponés así… sí. Dale, subí que te llevo, y no te preocupes por mojar el
patrullero, ha visto peores cosas…
Silver subió al vehículo y le preguntó por qué él, un subcomisario, estaba haciendo
un recorrido.
—Últimamente hay algunos incidentes raros, aprovecho el recorrido para ver
algunos lugares… la mayoría incluye fuego.
—¿Fuego? ¿Algún incidente es sobrenatural?
—No estoy seguro… solo sé que muchos testigos declararon un fuerte olor a
kerosene.
—Puede que sea algo mundano, pero al menos te acompañaré el resto del
recorrido.
La lluvia parecía aminorar, aunque no desaparecía por completo. El viento ya se
había calmado.
La noche recuperaba el silencio, casi como una pausa antes de una
tormenta mayor
